Hasta la fecha, no hay evidencia científica contrastada de que exista una relación entre cáncer y telefonía móvil, a pesar de los numerosos estudios que han valorado la peligrosidad tanto de elementos receptores (dispositivos móviles) como de emisores (antenas).

Lo único demostrado científicamente hasta la fecha es que la energía de radiofrecuencia que emiten los móviles, que es una forma de radiación electromagnética no ionizante pero que puede ser absorbida por los tejidos que están más cerca de donde se sujeta el teléfono, puede provocar un calentamiento de estos tejidos. Un estudio reciente mostró que cuando una persona usa un teléfono móvil durante 50 minutos, los tejidos del cerebro del mismo lado de la cabeza donde estaba la antena del teléfono transformaban, por metabolismo, más glucosa que los tejidos del lado opuesto del cerebro.

La Oficina Internacional de Investigación del Cáncer, parte de la Organización Mundial de la Salud, ha clasificado los campos de radiofrecuencia como “posible carcinógeno para los seres humanos”. Así, la Sociedad Americana contra el Cáncer afirma que la evidencia no es lo suficientemente sólida como para ser considerada como causal y necesita investigarse posteriormente.  No obstante, sí recomiendan a las personas que estén preocupadas que limiten su exposición usando auriculares y limitando el uso, especialmente en niños.

En España ha habido varios casos que se han asociado a las radiaciones de la telefonía móvil, empezando por los niños afectados de leucemia del Colegio García Quintana de Valladolid y los cuadros de insomnio y jaqueca de los vecinos de San Adrián (Navarra) o Badalona (Barcelona).