Hay muchas empresas que cuentan con una normativa interna de trabajo que afectan a cuestiones personales de los trabajadores como la vestimenta o la decoración de su mesa de trabajo. A parte de las normas básicas establecidas por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, algunas compañías van un paso más allá a la hora de recomendar, restringir o prohibir determinadas conductas que creen que pueden afectar directamente a ámbitos de la empresa como la productividad, el entorno laboral y la imagen corporativa.

Entre estos casos, destacan los aparecidos recientemente en la prensa que pueden provocar que la definición de estos límites se convierta en una seña de identidad de la compañía. Por ejemplo:

  • El periódico “Le Point” publicó que Ségolène Royal, la titular del Ministerio de Ecología, Desarrollo Sostenible y Energía francés,  prohibía los escotes llamativos y fumar en sus espacios abiertos. Posteriormente, Royal negó lo referido al escote en Twitter, pero no se pronunció sobre la prohibición de fumar.  
  • En 2011, Thierry Breton, CEO de Atos, empresa vinculada con la tecnología, anunciaba que condenaba a muerte al email interno entre compañeros porque limitaba la productividad. El directivo reivindicó el papel del teléfono y de las reuniones personales.
  • Una razón similar esgrimió Marissa Mayer, CEO de Yahoo!, para prohibir el teletrabajo, al alegar que la colaboración es fruto del codo con codo.
  • También hay prohibiciones un poco extrañas como la de tener fotos familiares, que impuso la delegación galesa de recaudación de impuestos sobre la renta y las aduanas, aduciendo a una cuestión de desorden. Al parecer, tener a los familiares encima de la mesa de trabajo provoca mala imagen, aunque después matizó esta medida y solo obligó a los trabajadores a guardar las fotos en un cajón al acabar la jornada.

El código de vestir o la restricción de uso de redes sociales o de la tecnología en el lugar de trabajo son otros de los problemas más recurrentes en las empresas. Estas barreras son difíciles de superar y, a veces, pueden resultar contraproducentes. El directivo que pone límites ofrece una imagen de control y desconfianza sobre su equipo, que no necesariamente deriva en un aumento de la productividad, sino que puede generar un peor ambiente de trabajo.